23 de agosto de 2009
Después de una buena noche (bueno, a las 6 Luis se levanta de nuevo a cargar la batería de la cámara) dormimos por fin bien y nos levantamos con ganas de ver Finisterre.
Después de desayunar zumo y croissant nos metemos en la furgo Mercedes de Álvaro. Resulta un tipo muy interesante que nos va amenizando el viaje y nos resulta muy entretenido. Entre política (Pepe Blanco y la corrupción política de todos), e historias de peregrinos en el faro (alguno que se aventuró más de lo debido y terminó en el mar). Además nos aconseja varios sitios para tomar la mariscada, mucho mejor en Finisterre que en Santiago, dónde va a parar.
Nos deja en la misma puerta del hotel y antes nos indica el camino para llegar a la playa de “Mar de Fora” para ver la puesta de sol porque según él es mucho más bonita y solitaria (además podemos conseguir raíces alucinógenas, como un chaval del que nos cuenta su historia) y con la posibilidad de ver delfines.
En el hotel nos reciben muy bien y nos cobra (cuando consiguen poner en funcionamiento el lector de tarjetas, que está sin batería) África, una niña preciosa, con rizos en su melena larga y un chupete enorme. Además nos ofrecen una mariscada a buen precio (como paga Luis a mí es eso lo que me parece). Subimos a la habitación y es la primera vez que no desparramamos el interior de las mochilas por toda la habitación (vaya, tomar posesión del terreno).
Con muchas ganas empezamos a subir el faro; las vistas son preciosas: mar a un lado, montaña a otro… lástima de carretera sin andadero. A mitad del camino nos encontramos una estatua de un peregrino y nos hacemos unas fotos… son a contraluz y no salen bien.
Llegando al faro, en la puerta, Luis y otro hombre se quedan con las miradas fijas, tan fijas que me inquieta… ¡Carallo!, del Ministerio, Silverio. (no le reconocí al principio, por eso el mosqueo).
Yo he tenido una sensación como de haber estado ya aquí alguna vez… es posible, con mi mala memoria.
Vemos la exposición de fotos de “A Costa da Morte” con los compis, y salimos a quemar los malos sentimientos del Camino, para purificarse, dicen. Mi palo de madera, el que me acompaña desde Asturias, acaba ardiendo en un agujero junto con ropa de otros peregrinos… ha sido un gran apoyo para mí, pero reconozco que Luis lo ha sido bastante más.
Bajamos al acantilado para ver el mar más de cerca. ¡El mar!, ¡cómo me gusta!, hacemos más fotos y retornamos a Finisterre. Parada en una fuente de la carretera por Luis, que no lo puede evitar, y llegada al puerto de Finisterre. Gaviotas, barcos, descanso de pies y vuelta al hostal, donde nos espera la gran mariscada, rica, rica.
¡Carallo, he venido al camino con un sapo! ;-) ¡Joder, uno no puede eructar a gusto.!
Percebes, almejas, navajas, mejillones (y dos piedras), langostinos, vieiras, cigalas, gambas (nada buenas) y tres nécoras sólo para mí, ¡¡qué placer!! Vino blanco y licorcitos, de hierbas para mí y para Luis, que pide licor de café, vermouth, hierbas y por fin licor de miel.
Al pagar con la tarjeta dicen que no hay papel en la máquina, que saquemos dinero y paguemos en efectivo. Tanto fallo con el lector de tarjetas me mosquea.
Vamos a la habitación, nos intentamos activar, pero si el orujo de café me quita el sueño, el de miel consigue todo lo contrario, y me quedo dormido enseguida.
Después de la siesta vamos a ver la puesta de sol a la playa de “Mar do Fora” y hago cienes y cienes de fotos, tanto a rocas, como a olas y al mar, porque se está nublando y no podemos ver la puesta de sol como nos gustaría. Hay olas considerables, y no me baño porque haciendo una foto me meto un poco, viene una ola que me cubre hasta el muslo y noto la resaca con cierta fuerza en los pies.
Una playa fantástica, salvaje tanto por el mar como por el entorno, tarde agradable que consigue sacar de mí la mala leche con la que me levanto de la siesta. El mar está precioso.
Tras la cena buscamos un cajero, pero como no hay ninguno de Servired, paso de dejarle comisión a los bancos y no saco dinero; total, el problema es del hostal, no voy a pagar yo por ellos. Buscamos un sitio donde tomar algo y encontramos un pub con mucho encanto, unas vistas preciosas al puerto de Finisterre y una decoración un tanto abigarrada, pero muy curiosa. Nos tomamos una copa, y nos vamos al hotel a descansar.
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