15 de octubre de 2009. Según todas las pruebas efectuadas, incluido un PET-TAC (scanner basado en la medicina nuclear), a mi madre, operada en julio de 2008 de un tumor en el colon, se le ha reproducido el tumor y además tiene una posible metástasis en la cresta iliaca (pelvis).
Su sintomatología es que sufre dolores agudos en el abdomen y no puede efectuar deposiciones en condiciones. En abril se le efectuaron análisis de sangre para ver los marcadores que indican la posibilidad de cáncer, resultando negativos. Según el oncólogo, fue un falso negativo.
Se hacen todos los preparativos con rapidez, porque la operación es urgente, debido a esa posible metástasis, y tras la visita el cirujano, la fecha de operación se fija en el 17 de noviembre.
Los preparativos no sólo son médicos; mi madre, profunda creyente, pide a todas sus amistades (alguna monja incluida) y familia que recen por ella, e incluso la semana anterior a la operación le lleva la comunión Antonio, un sobrino segundo suyo, que está preparándose para entrar en el seminario, y el jueves antes le visita el sacerdote de Moralzarzal, la persona que más influyó para la vocación de Antonio y con fama de imponer las manos y tener una gran energía interior, que confiesa tanto a mi padre como a mi madre, lo que les ayuda mucho, especialmente a mi madre, que se siente reconfortada tras el encuentro.
El lunes 16 de noviembre, mi madre ingresa en el Sanatorio del Rosario, bien conocido por la familia por ser ahí donde han operado a mi madre las últimas veces, y donde mi padre ingresa cuando tiene sus crisis respiratorias. Curiosamente, la habitación que le asignan es la misma que en la que estuvo mi padre en su último ingreso, a finales de agosto de este año (por cierto, mi padre lleva tres meses sin tener una crisis, algo inaudito en los últimos tiempos).
Llega el 17, a las siete de la tarde la bajan a quirófano, y empieza la espera. La operación es muy delicada, ya que tienen que quitar la parte final del colon, el ano (los médicos han dicho que mi madre tendrá que llevar colostomía de por vida a partir de la operación) y raspar la parte de la cresta iliaca que esté afectada por el cáncer. Hay bastantes posibilidades de que la operación no concluya con éxito.
La espera se hace larga, aunque afortunadamente pronto llega Inés a hacernos compañía y al poco rato llega también Conchita, amiga de mi hermana y madrina de una de mis sobrinas. Sobre las 10 de la noche nos llaman y nos dicen que podemos bajar a quirófano, que la operación ha concluido. Nerviosos, bajamos mi hermana y yo y esperamos en la puerta, donde al cabo de un rato aparece el cirujano, que nos dice que no ha encontrado nada; ha revisado toda la cavidad abdominal y ni rastro del tumor. Sí tenía muchas adherencias, que han limpiado, y una eventración considerable, que con una malla ha quitado. Comenta que al ser la cicatriz producida por las operaciones muy fibrosa, eso es lo que debe haber hecho que en las pruebas se confunda con un tumor. Según el cirujano, un falso positivo. El tema de la posible metástasis, ni mentarlo.
Hasta aquí todo tiene su explicación médica… ¿todo? No, existe un tema que aún nadie nos ha explicado. El PET-TAC no se limita a lo que “ve”, sino que el diagnóstico se realiza mediante unos marcadores que “localizan” las posibles células tumorales. Y no sólo eso, sino que otro análisis de sangre que le realizaron a primeros de noviembre, da los marcadores tumorales altísimos. Esto puede ser explicado porque las personas mayores con adherencias tienen descompensados estos marcadores, pero el tema del “falso positivo” del PET-TAC no queda nada claro.
Ahora cada uno que tome sus propias conclusiones; lo ideal sería realizarle ahora a mi madre otro PET-TAC y comparar los resultados con el anterior, pero la prueba es lo suficientemente cara como para que la quieran hacer de nuevo sólo por comprobar si ha sido un milagro o no. Se lo puedo proponer al arzobispo, por si la quiere pagar :-P