viernes, 13 de junio de 2008

Receta de Cocina: cerezas dulces.


Para conseguir tomar unas cerezas bien dulces, nada mejor que seguir estos consejos.

Ingredientes: Una caja de cerezas de 500 gr.

Tiempo de preparación: Entre una semana y 10 días.

Tiempo de elaboración: Dependiendo de la habilidad con las manos, entre 10 y 20 minutos.

Explicación: Se coge la caja de cerezas y se introduce en la nevera.
Se olvida uno que la tiene durante un semana o diez días.
Cuando abre la nevera y se la encuentra, se saca cuidadosamente, se abre y se separan con mucho cuidado las cerezas que están enmohecidas de las que aún quedan blanditas, pero sin moho.
Se tiran las primeras a la basura.
Si la caja es de plástico o cartón, se recicla.
Se lavan bien las cerezas "supervivientes" para eliminar cualquier vestigio de moho.
Y ya tiene preparado un delicioso plato de cerezas dulces.

NOTA: Si el tiempo de preparación de las cerezas excede el indicado, puede encontrarse que se quede sin postre.

Contraindicaciones: No se recomienda tomar este plato si se es alérgico a las cerezas, o si se tiene hipersensibilidad al moho.

Efectos secundarios: Mañana os los digo.





miércoles, 11 de junio de 2008

LA BODA DE PILAR



Por fin casamos a Pilar… bueno, no la casamos nosotros, sino que lo hizo un juez, pero lo importante es que por fin se casó… y con Xavier, que es lo importante.

Y con esa excusa me fui a Barcelona el fin de semana; en principio iba con mi amiga Geli, pero su aparato digestivo le jugó una mala pasada y se tuvo que quedar en Madrid, así que con dos asientos para mí, me fui en el AVE. El viaje en AVE es una maravilla, sobre todo si eres propenso a dormir en el trayecto… la primera hora ni me enteré, y cuando me quise dar cuenta, ya veía el mar a mi derecha.

Me fueron a buscar a la estación de AVE Anna y Lourdes, y tras tomar unas cecrvecitas, Anna se fue a una cena familiar y Lourdes y yo, recordando viejos tiempos, en aquella marisquería que descubrí hace muchos años con mis amigos Ignacio y Carlos, y que en mi última visita (hace cuatro años), el nuevo dueño resultó ser compañero de cuartel en la mili (aunque no en la misma época). De cuatro años al día de hoy, había cambiado algo su fisionomía (la de la marisquería, no la del dueño), ya había dejado atrás el aspecto ligeramente cutre, y estaba bien pintada, con mesas y sillas nuevas, y hasta han cambiado la puerta de entrada. Eso sí, la calidad de los alimentos (por lo menos los que probamos Lourdes y yo, los asistentes a tal mariscada), sigue siendo la misma… fue una cena exquisita, tanto en la alimentación como en la compañía.

Y la excusa por la que viajé, llego el sábado por la mañana. Mucha emoción, mucha puntualidad (para que luego hablen de los funcionarios, jaja), una poesía dedicada a los ojos de Pilar (eso se lo dirá a todas) que a todo el mundo le pareció una horterada, pero que he de confesar que me gustó, una pseudohomilía del juez que les casó, algún murmullo cuando dijo eso de: “Si alguien tiene algo que decir…” (qué malos somos), y todo muy bonito cuando dijeron el “Sí, quiero”.

Después sesión de fotos, y al restaurante, con un patio para que los niños jugaran, un menú exquisito, con tarta para chuparse los dedos, unos regalos para los asistentes con muy buen gusto, y una sobremesa muy agradable.

Después nos fuimos Lourdes (que me tuvo que soportar todo el fin de semana la pobre) y yo a cambiarnos, a cenar por ahí bajo la lluvia, y a dar una vuelta por las fiestas de su barrio, las típicas fiestas de barrio, con una orquesta maja (sobre todo las que bailaban, jaja). Después de unas cañas y unos bailes (de los otros), a dormir, que el día había sido muy largo.

Y el domingo tocó día cultural. Quedé con Anna (por cierto, tan encantadora en la realidad como en el Messenger) y nos fuimos a ver una exposición sobre Mercé Rodoreda, (escritora catalana del siglo XX), su vida y algunos de sus libros. Muy bien ambientadas las salas sobre sus libros, y la guía se notaba que estaba viviendo lo que explicaba, aunque como lo hacía en catalán, no me enteré de todo… digamos que de un 60% o algo más (que no está mal, jeje).

Posteriormente un paseo por Barcelona, recogida de la maleta, se unió Lourdes, y comimos en un italiano unas pizzas, y yo una tarta de chocolate bañada en nata montada, que estaba más rica la nata que la tarta. Y sin que me dejaran tomar unos chupitos, me acompañaron a la estación de Sants, donde cogí el AVE de vuelta, con otros dos asientos para mí (una pena), y sin darme apenas cuenta, ya estaba en Madrid de vuelta.

Y me alegro que no les pasara a nadie como a los del vídeo...




Leído en el periódico



Hoy pensaba escribir sobre la boda de Pilar, el fin de semana que estuve en Barcelona, las experiencias vividas y lo bien que lo pasé, pero he leído en el periódico un titular que ha cambiado mis planes de escritura.

El titular dice: "El mundo gasta 200 veces más en armas que en luchar contra el hambre". Y no es que me haya sorprendido la noticia, porque es algo que ya suponía (no esta estadística tan cruel, pero sí a grosso modo), pero ha sido como una nueva puñalada que las noticias asestan a mi mente.

Está claro que a la mayoría de la población, no preocupa nada el hecho de que la gente se muera de hambre, y sin embargo sí preocupa pertrecharse contra un enemigo, en muchos casos imaginado.

Ahora diréis. No, qué va, eso son los gobiernos, y sobre todo los de Estados Unidos, que están obsesionados con ese tema. Y sí, indudablemente, gran parte de la culpa de eso la tienen los gobiernos, y seguramente nadie tanta como el de los Estados Unidos, pero intentaré localizar el problema.

Pensemos qué pasaría si en nuestra comunidad de vecinos, supiéramos que los del bajo tienen goteras, los del primero las ventanas rotas, los del segundo pasan hambre, los del tercero tienen SIDA, y los del quinto (nosotros vivimos en el cuarto), dicen que han salido de la cárcel hace un par de meses acusados de robos diversos en casas. ¿Qué haríamos primero, preocuparnos de que los vecinos de abajo vivieran de una forma digna, o poner la alarma para que los del quinto no entraran a robar? (la respuesta la podéis poner en los comentarios, jeje).

El problema es que la alarma de los países son las armas (el parecido de ambas palabras no es casual), y por eso sucede que los países se preocupan más de las amenazas que de las necesidades de los demás. Y cuando nos dejamos manipular y nos creemos que estamos amenazados (antes por los rusos, luego por los islamistas, después serán los chinos, y quién sabe si un día por los delfines), nos parece normal que se gaste tanto dinero en armamento, y nadie se preocupe de que mueran cien mil personas de hambre al día, o que no exista un día donde no haya guerra en alguna parte el mundo.

Esto es lo que me duele de este mundo; lo que me deprime, me causa tristeza ansiedad… me hace considerarme un fracasado a veces. Pero no me puedo quedar con los brazos cruzados viendo cómo los poderosos hacen las cosas a su antojo, y no puedo dejarme llevar por la comodidad, ni pensar que por mucho que haga, no se conseguirá nada. Puede ser una gota en el océano, pero si la gota es de detergente concentrado (no voy a hacer publicidad de ninguno), limpiará mucho alrededor, así que gota a gota, hay que seguir luchando. Escribiendo en este blog, con las acciones del 0’7, ayudando a los inmigrantes que vienen… como sea, cualquier acción a favor de un mundo más justo, es un paso adelante para que este mundo, sea cada vez más humano… y si todos los que pensamos que esto debe cambiar nos ponemos manos a la obra, seremos muchas gotas que, quién sabe, a lo mejor podremos limpiar el océano.




lunes, 9 de junio de 2008

El Muchacho y su Princesa


Este sábado en las fiestas de un barrio de Barcelona, la orquesta tocó el tema que aparece en el vídeo del final, y aun reconociendo que dicho vídeo es un poquito hortera, la nostalgia me invadió por momentos, y me hizo recordar un cuento que escribí hace diez años, pero que de vez en cuando vuelve a torturarme.

Quizás la letra de la canción, sea esa segunda parte que, lleno de lágrimas, nunca escribí...

EL MUCHACHO Y SU PRINCESA
A María


Existía una vez, existe actualmente y existirá siempre alguno como él, un muchacho que hacía la vida normal de cualquier muchacho de su edad. No importa su edad; si estudiaba o trabajaba, o si estaba en el paro; tampoco si era rico o pobre, o de la clase media; sólo importa lo que a continuación leeréis (y a lo mejor ni eso).

Este muchacho, preocupado por el mundo que le rodeaba y las injusticias que en él se cometen, colaboraba en algunas asociaciones de cooperación, y sobre todo en la Plataforma 0’7 (ya de paso hago publicidad). Allí, preparando una actividad típica, conoció a una princesa. ¿Cómo es posible que una princesa se pase por un sitio de esos?, os preguntaréis. Lo que ocurre es que esta princesa no era una princesa de las que estamos habituados a conocer; no era hija de reyes, ni siquiera su familia era de la nobleza; era princesa solamente para nuestro protagonista, y para eso no hacía falta tener familia noble, sino el alma noble, pero no de la nobleza real, sino de la nobleza verdadera. Para él llegó a ser “La Princesa de las Estrellas”.

Como suele ocurrir en estos casos, al principio no sintió nada especial por ella, tan solo simpatía. Con los adelantos de la técnica, empezaron a escribirse, y a conocerse mejor. Algunos conciertos y excusas similares les ayudaron a congeniar y a convertirse en buenos amigos, por lo que en las vacaciones se vieron varias veces y compartieron un montón de bellas experiencias.

Pero llega un momento en que los sentimientos se confunden, y el amor aparece en los instantes más insospechados. Nuestro amigo empezó a darse cuenta de que cada vez estaba más a gusto con su princesa (que fue por entonces cuando se convirtió en “La Princesa de las Estrellas”), y prefería estar con ella a hacer otras cosas que antes de conocerla había considerado como muy importantes. Ese es el momento en el que llega el miedo a dar un paso más en la relación, y la duda empezó a hacer estragos en él, que descubrió unos nuevos habitantes en su mente: el yo optimista, el yo pesimista, el yo arriesgado, el yo cobarde, etc., todos ellos moderados por el yo ecuánime, al que nadie hacía caso.

Durante esos días, el tiempo se dividió en dos: los ratos que estaba con ella y los ratos que estaba pensando en ella.

Con ella todo era felicidad, había descubierto que tenían muchas cosas en común, y para él encajaban perfectamente sus maneras de ver la vida, como si hubiera estado buscando toda su vida una persona así, y ahora la hubiera encontrado. No importaba si ella era fea o guapa (por cierto, era guapísima), y muchas de las cosas que él creía que tenía claras acerca de las relaciones hombre-mujer, cambiaron por completo en su interior. Era como si ella estuviese rodeada de un halo de luz y fuego al que no se podía acceder físicamente sin riesgo a quemarse, pero que una vez dentro de su alma, cuando las dos mentes entraban en contacto (o al menos así le parecía), todo brillaba alrededor. Así, entre el beso de saludo y el de despedida, rara vez se atrevía a siquiera rozarla una mano, aunque por dentro estuviese deseando abrazarla mil veces. Acompañarla a casa, y regresar a la suya, ya lloviera, hiciera frío o viento, flotando en la nube que había construido el amor que sentía por ella, eran los últimos placeres del día en que se veían.

Cuando no se veían, ella permanecía presente en su pensamiento. No era raro despertarse por la noche pensando en ella, o sorprenderse en alguna reunión escribiendo su nombre dentro de un corazón. La satisfacción de su compañía se extendía a todas las horas, pero sus distintos enanillos, los que antes llamamos “yos”, le hacían dudar de lo que ella podría sentir por él. Por supuesto el yo optimista le decía que ella estaba profundamente enamorada, el pesimista que sólo era amistad, el arriesgado que a qué esperaba para declararle su amor, y el cobarde que ni se le ocurriera, que era una locura y que podía perder la bonita amistad que tenían. El yo ecuánime se limitaba a escuchar a sus congéneres y a callar, pues sabía que en esos momentos lo que menos le hacía falta a nuestro protagonista eran consejos.

Él, ya seguro a su pesar de que se había enamorado de verdad, que nunca se había sentido así, y harto de la lucha de sus enanillos, se decidió un día confesar a su princesa lo que sentía por ella. Si ella le correspondía, todo sería perfecto; si no, por lo menos dejaría de pensar en ella a todas horas (o eso se pensó). El nuevo problema era cómo se lo diría, y cuál era el momento más adecuado.

El siguiente día que quedaron, para ir al cine, no encontró el momento oportuno, y se le ocurrió esperar a estar los dos en su portal para decírselo, así podría huir con su timidez tras pasar el mal trago. Pero se encontraron con unos amigos, y le arruinaron el plan.

Hubo de esperar diez días para volver a verla, pues los exámenes ocuparon el tiempo, y esa noche, al acompañarla a casa, decidió lanzarse al abismo más grande que nunca había conocido. Se colocó enfrente de ella, y mirando sus preciosos ojos, la dijo:

- Te voy a contar una historia muy bonita, ¿quieres? Ella respondió afirmativamente, pues le encantaban los cuentos y las historias bellas, y él empezó:

- “Existía una vez, existe actualmente y existirá siempre alguno como él..."


Epílogo. Este cuento tiene una segunda parte, escrita entre lágrimas, que quizás algún día sea capaz de transcribirla... pero hoy no.