A veces algo sucede en nuestras vidas que parece que tiene la posibilidad de variar algo, de ilusionarnos con alguna meta, de ver una luz en el horizonte que ilumine nuestros sueños. A veces esa luz se mantiene y nos cambia, pero otras veces desaparece rápidamente, y nos deja un sabor agridulce, con amargura por lo que se ha ido, pero con dulzura de lo que se ha vivido, aunque sólo haya sido una tarde de sueños y paseos.
Y ahí es cuando empieza el tiempo de espera. De espera y esperanza, porque sin esperanza la espera es lo más cruel que nos puede pasar, es un dolor triste que va carcomiendo el alma, hasta que llega el momento fatal: la muerte de un ser querido, la confirmación de una sospecha desagradable…
Pero bueno, a veces la espera tiene algo de esperanza (valga la redundancia), y se hace más soportable, aunque no más corta… las esperas siempre se hacen más largas, aunque sean de 5 minutos. Y se pasa el tiempo pensando y soñando, ilusionándose con lo que sucederá transcurrido el tiempo, cuando lo que uno espera se vaya a hacer realidad, cuando llegue ese momento en que la luz en el horizonte se acerque y nos pueda iluminar el camino, deje de ser algo lejano que apenas se vislumbra y podemos disfrutar de ella plenamente, compartirla con los seres queridos.
Y ese tiempo está lleno de altibajos, aparecen los momentos buenos en que los que nos parece que todo va a ir bien, que se logrará el objetivo, que el final feliz está más cerca. Pero también están los momentos de duda, desaliento, pesar… sobre todo cuando no hay noticias, cuando la luz parece apagarse en el olvido, en la distancia, en el silencio. Cuando eso sucede parece que el tiempo no transcurre, y que no llegará el día de saber si uno se está alimentando de un sueño ficticio, o si ciertas palabras no han sido olvidadas, algo que no es difícil de creer, cuando uno ya está acostumbrado a perder.
Qué difícil es llevar el tiempo de espera, cuando no sabes lo que al otro lado te espera.