Te
preocupas por tus lágrimas, por tu cansancio, por tu tristeza… y
dices que estás muy fea, que no quieres que te vea así.
Yo
también prefiero verte feliz, por supuesto; verte contenta, alegre,
sonriendo (con esa sonrisa que podría terminar con cualquier
guerra), riendo (tu risa es capaz de mover el universo), charlando
distendidamente, cogidos de la mano, mirándonos a los ojos y
compartiendo momentos mágicos.
Pero
no siempre podemos sonreír, ni tenemos ganas de ello. E incluso a
veces lo único que nos salen son lágrimas, quejas, lamentos…
Y
es en esos momentos cuando más me apetece estar contigo, no porque
sean los momentos más divertidos, sino precisamente por todo lo
contrario, porque quiero estar contigo en lo bueno y en lo malo -lo
de la salud y la enfermedad, la riqueza y la pobreza lo dejamos
aparte-. Quiero apoyarte cuando lo necesites, escuchar tus dudas, tus
aflicciones… quiero que en esos momentos, más que nunca, me
sientas cercano, sepas que hay alguien a tu lado dispuesto a cogerte
de la mano y levantarte si es preciso.
Apóyate
en mí, apóyate en mi hombro cuando lo necesites, cuéntame lo que
quieras que te escucharé, te comprenderé y, si tengo que secar tus
lágrimas (si es posible con mis besos), lo haré con todo el gusto
del mundo.
Y
no te preocupes, que nunca vas a estar fea; ni aunque estés triste,
ni aunque tu cara esté llena de lágrimas, porque más bella aún
(si cabe) que la belleza de tus rasgos, es tu verdadera belleza,
la dulzura de tu interior, y ésa no va a cambiar nunca.