Theodore Nkono nació en Senegal y tiene 25 años. Cuando tenía 21, en vista de las paupérrimas condiciones en las que se encontraba y la falta de posibilidades de futuro en su país, decidió venirse a España, en cierto modo deslumbrado por la quimera que mostraba la televisión cuando, en un bar de su ciudad, la podía ver al atardecer algunos días y por las noticias que llegaban, no muy claras, de algunos conocidos que antes que él habían emprendido su aventura de supervivencia.
Un día salió de su ciudad sin más equipaje que una bolsa de deporte en la que llevaba unos zapatos, unos pantalones, una camiseta, algo de documentación y todos sus ahorros, 450 euros que había cambiado a un libanés que conocía. Y se dirigió hacia España.
Pero el viaje hasta España no iba a ser nada fácil. Tras pasar a Mauritania en un autobús repleto de personas, la mitad comerciantes, la otra mitad jóvenes desesperados como Theodore, se apeó en Rachid, donde tras pagar 30 euros al conductor, buscó otro medio de transporte que le llevara a Argelia, desde donde podría pasar a Marruecos, antesala de España. Alguien le había comentado que podría montarse en un barco y zarpar hasta Canarias, pero la policía española había capturado recientemente al jefe del grupo que los transportaba, y decidió viajar vía Marruecos.
En Rachid contactó con un señor que le llevaba hasta Argel en un camión por “sólo” 100 euros, pero con la condición de que cuando fueran a cruzar la frontera se metiera entre las rudas del camión para evitar ser descubierto. Teo, como le llamaban familia y amigos, aceptó, ya que su fuerte complexión física se lo permitiría. Sin más novedad que el cambio de posición en la frontera, Teo llegó a Argel sólo 10 días después de haber salido de su casa.
Pero lo que no sabía Teo es que ahí comentaban los problemas, cruzar la frontera entre Argelia y Marruecos era misión casi imposible, debido a las fuertes medidas de seguridad que la policía marroquí mantenía en la aduana. Debido a ello, la policía argelina también estaba atenta y detenía a toda persona sospechosa, por lo que Teo tuvo que ocultarse en las afueras de Argel hasta que encontró alguien que le llevó en el maletero de su coche hasta Orán. Al “módico“ precio de 50 euros, Teo llegó a Orán compartiendo maletero con Oussman, un guineano que también pretendía llegar a Europa.
Llegaron a Oujda sin contratiempos, en un camión atestado de subsaharianos, y en la frontera, por un agujero de la lona, a Teo le pareció ver cómo el conductor del camión ofrecía un fajo de billetes al policía, que éste recogía con una sonrisa en la boca mientras abría la barrera. Oujda parecía una ciudad sitiada por la policía, por lo que el camión dio un rodeo y les dejó a unos 10 Km. Al sur. Ya eran 37 compañeros de marcha, los que tenían como meta cruzar el estrecho. En pequeños grupos, para no ser descubiertos por las patrullas de la policía marroquí, que disparaba contra todo el que ofreciera resistencia, y al que no le llevaban en un camión al desierto argelino, donde le dejaban tirado amenazándolo de muerte si volvía a Marruecos, se dirigieron andando a Nador, a poco más de 100 Km. de distancia, y ya muy cerca de Melilla, ciudad que habían escogido para entrar en España, dada la dificultad de hacerlo por Ceuta, donde tanto españoles como marroquíes se habían tomado en serio la lucha contra lo que ellos llaman inmigración ilegal.
Llegar a Nador fue muy complicado para Teo y los cuatro subsaharianos que le acompañaban (Oussman, del que ya se había hecho inseparable; su compatriota de Guinea Konakri Mohammed; y Sadio e Ibrahim, dos hermanos procedentes de Mali), pero tuvieron más suerte que varios de los que habían cruzado la frontera juntos, que fueron detenidos por la policía, apaleados y devueltos sin miramientos al desierto argelino. Pero por fin, 3 meses después de dejar su casa, veía España a distancia, aunque fuera ese alto muro que le impedía su entrada.

Los cinco compañeros de aventuras buscaron la mejor manera de llegar a Melilla, pero todas se hacían inviables. El tiempo iba pasando, y con él las posibilidades de llegar a España se desvanecían, puesto que la policía marroquí acechaba, y ya tenían conocimiento de varios ataques de éstos contra subsaharianos, algunos acompañados de disparos que habían provocado alguna víctima mortal. Además, el dinero se iba gastando, y sabían que para llegar a España tendrían que desembolsar un mínimo de 500 euros, dinero que Theodore nunca tuvo. En uno de estas ofensivas, la policía detuvo a los dos hermanos malienses, y Mohammed huyó en dirección distinta a la de Teo y Oussman, por lo que perdieron el contacto con él.
Pero pronto, otra vez la suerte se iba a aliar con nuestro amigo, y pudieron esconderse en los bajos de un camión que cruzó a Melilla, donde pudieron entrar sin ser descubiertos, gracias a que el militar español que estaba en la aduana estaba hablando por teléfono con su novia y no prestó mucha atención al camión de transporte de frutas que pasó delante de él. Teo había llegado a España cuando pasaban 97 días del comienzo del viaje.
Pero un subsahariano en Melilla es rápidamente pasto de la policía, y al día siguiente fueron detenidos y trasladados al CIE (Centro de Internamiento para Extranjeros) de la ciudad. Allí estuvo unos días, pero dadas las condiciones de hacinamiento que existían en el mismo, la policía en colaboración con la Cruz Roja fletó un barco que transportó a 50 africanos elegidos al azar a la Península Ibérica, concretamente a Málaga. Teo era uno de ellos, había cumplido su sueño de supervivencia, aunque tenía en un papel una orden de expulsión que no sabía muy bien lo que significaba ni las consecuencias que ello traería.
En Málaga, sólo y con apenas 60 euros en su bolsillo (por lo menos había tenido la suerte de no ser víctima de robos y otros actos vandálicos), Teo empezó a darse cuenta de que lo visto en la televisión no se correspondía con la realidad, pero como era una persona trabajadora, se dijo que en España podría sobrevivir con tesón y algo de suerte, suerte que hasta ahora le había acompañado. Como lo único que conocía de España era Madrid y Barcelona, y el billete que podía pagar era hasta Madrid, compró uno en el primer autobús que salía de Málaga, y al amanecer del día siguiente llegaba a la Estación de Autobuses de Méndez Álvaro, con 21 euros en su poder y la bolsa con más ilusiones que ropa.
Anduvo sin rumbo fijo, admirando la ciudad que le cobijaría a partir de entonces, y tras varias vueltas, ya a media mañana, conoció en una plaza grande cerca de una estación de tren a un compatriota suyo que vendía artesanía, que le dio alguna dirección donde podría comer (llevaba más de 2 días sin hacerlo) y con suerte hasta le conseguirían un hueco donde dormir a cubierto.
En una de esas asociaciones le hablaron de los top-manta, y que podría ganarse algo de dinero con el que comer y con suerte pagarse una habitación compartida, y sobre todo conocer a otros compatriotas suyos y juntos buscar trabajo con el que poder sobrevivir. Y así hizo, contactó con alguien que le dio unos cuántos CD’s y le indicó un sitio donde vender.
Pero la suerte le abandonó una noche en la que un policía vestido de paisano le detuvo, le condujo a comisaría y le denunció por un delito contra la propiedad intelectual. Tras pasar la noche en comisaría, fue puesto en libertad con otra orden de expulsión, la segunda en una semana.
Pasó el tiempo, Teo fue pasando por algunos comedores, albergues de indigentes y siguió vendiendo CD’s para ganarse la vida, hasta que un día se puso en contacto con una asociación que le ofreció una casa donde vivir, comida y posibilidades de formación para encontrar un trabajo digno. Parecía que la suerte había vuelto a juntarse con él… pero un día, una pareja de Guardias Civiles le detuvo por el único delito de ser negro, le pidió los datos, y al tener una causa contra la propiedad intelectual, le llevó al CIE de Aluche, donde a no ser que la suerte le dé la mano, pero de verdad, espera su deportación a Senegal, donde tendrá que empezar de nuevo a pensar cómo venir, o empezar a morir poco a poco de hambre y de vergüenza por no haber conseguido su objetivo.
Si has leído esto, reflexiona si es justo lo que le pasa a Teo, en mi próxima entrada en este blog, diré lo que pienso al respecto.
(Esta es una historia real, algunos datos han sido modificados para preservar el anonimato de nuestro protagonista)