miércoles, 14 de julio de 2010

VIVIR



En uno más de mis paseos, hoy he estado pensando en algo que me sucedió nada más terminar la final del Campeonato Mundial de Fútbol. Y no tiene nada que ver con el fútbol, pero me pasó ahí, en un pub de la Avenida de Betanzos, cuando ya estaba cargadito de cervezas y dando saltos celebrando la victoria.

En uno de esos saltos, al caer me clavé un trozo de vaso que se había roto, y el trozo de vaso atravesó la suela del zapato, y de milagro no atravesó mi pie, se quedó justo a punto de hacerme una herida, que yo estaba casi seguro que me había hecho, pero al quitarme el zapato y mirar mi pie, no tenía nada. Y a la mañana siguiente tampoco, por si alguien piensa que estaba tan borracho que no veía nada. :-P

El caso es que al intentar quitar el cristal, en un dedo me hice un pequeñísima heridita. Y esta mañana cuando iba andando al trabajo, ya no tenía heridita, pero sin embargo la suela del zapato sigue teniendo la marca del cristal, marca que le durará hasta que lo tire, y por cierto, marca que hará que cuando llueva me moje, pero bueno, eso no tiene nada que ver con lo que quiero decir en estas líneas.

Lo que quiero decir que lo que distingue algo vivo de algo muerto, es que lo vivo sana, cicatriza, cura, olvida, perdona… sí, suena un poco monjil, pero es lo que se me ha ocurrido mientras caminaba. Se me ocurría que lo que definía la vida podría ser el movimiento, pero una rueda de caucho, un neumático, se pincha, y o le pones un parche o no podrás circular con él, y por muchos parches que le pongas, el pinchazo siempre estará ahí. Se mueve, pero no vive.

Sin embargo, nosotros tenemos la posibilidad de curarnos esa herida, ese pinchazo. Tanto si es físico como si es emocional. Si alguien nos hace daño podemos quedarnos muertos con ese daño dentro, o abrazar la vida y perdonar, olvidar ese daño. Eso de “perdono, pero no olvido” no es vida plena, porque mientras no olvidemos el dolor, lo seguiremos teniendo, y nos irá cercenando la vida poco a poco, tendremos el resquemor de lo que nos ha pasado, y no sacaremos nada positivo de ello. Si lo olvido, podré seguir avanzando. Ojo, hablo de olvidar el hecho, no de seguir vulnerable a que me lo hagan otra vez. Debo aprender a evitar que me vuelvan a hacer daño, pero sin rencor, sin recordar en daño recibido, sino la lección aprendida.

Y obviamente no todos los daños cicatrizan a la vez. Yo hace un mes y pico me caí y me clavé en la rodilla una esquina de mármol (o algo así). Quizás debería haber ido al médico a que me dieran puntos, pero como estaba en el trabajo y tenía cosas que hacer, no fui y me lo curé yo poniéndome bien de agua oxigenada, gasa y esparadrapo. Hoy tengo una bonita cicatriz en la rodilla que aún me durará bastante, pero bueno, espero que algún día desaparezca, y si no, da igual, porque ya no me molesta en absoluto. Sin embargo, la heridita que me hice el domingo, ya ni se ve.

Pues lo mismo pasa con las emociones (por cierto, otra característica de la vida, quien no se emociona, podrá respirar, pero no vivir). Habrá daños emocionales que sanen antes y otros después, pero lo importante es que nos esforcemos en sanarlos, día a día, paso a paso…