Llegó el símbolo de la paz, llegó para crear luchas. Lucha del presente contra el pasado, del futuro contra el presente; lucha de lo establecido contra lo que debe ser, del inconformismo contra el conformismo; lucha de lo vivo contra lo muerto, de lo sano contra la podredumbre; lucha de fuerzas antagónicas, de dimes y diretes, de ilusiones rotas, de mareas de fondo.
Me llegó hasta lo más profundo, me tocó el corazón. Lo seguí embelesado, sin saber dónde me llevaría tanta batalla... y caí rendido a sus pies.
Lo encontré grandioso, bello; con la belleza de lo prohibido que se sumaba a su propio esplendor, más brillante que el sol, más peligroso que su luz; más romántico que la luna, más enigmático que su cara oculta; más inmenso que el mar, más terrible que sus abismos.
Y llegué a tocarlo, lo palpé con mis manos, pude sentir su fondo, adentrarme en sus entrañas, sentir sus gemidos, y una vez dentro llegó el éxtasis. Aunque dura poco la paz cuando estás en plena guerra, y al salir del sosiego todo se tornó hostil; tan sólo quedaba un recuerdo y mil adversarios alrededor, esperando como buitres que el recuerdo muriera para abalanzarse sobre él y no dejar rastro de aquéllo.
Pero el recuerdo es más fuerte que los buitres, más hábil que sus enemigos y más potente que sus luchas. El recuerdo sigue vivo y dignificará todas las luchas, vencerá en la batalla final, y se alzará junto con el símbolo de la paz por encima de todo, para llevar la verdadera Luz hasta los confines de la vida y hasta el final de los tiempos.
AMÉN.