13 de agosto de 2009
Seguimos el Camino y parece que el descanso y las compresas que aconsejó Pilar a Inés van funcionando. La ruta es muy bonita y muy entretenida hasta Navia, con el paso por el país de las moscas asesinas: (una mutación del cruce entre moscas, tábanos y mariposas, menuda orgía se debieron montar), y la emoción al tomar un desvío de saber si es el acertado o no, ya que el mojón o la concha está situado 50 ó 100 metros más adelante. En uno de ellos volvemos al no verlo yo nada claro, y pregunto en una casa, donde me sale un señor en calzoncillos (qué impresión) y me indica el camino correcto. Inés, siempre pensando en los demás, deja una flecha marcando el camino en ese desvío. No podemos olvidar la sesión de barro diaria y un río que casi cruzo por el agua al no ver el puente de madera que estaba 5 metros a la derecha. Y como hecho destacable del día, por fin veo un tractor Valmet, empresa donde estuve trabajando antes de empezar en el Ministerio, y a los que estoy muy agradecido, pero el caso es que hasta la fecha no había visto ninguno en el campo.
En Navia paramos en un parque muy bonito a comer algo y a que Inés se quite las compresas (de las zapatillas) y se cambie de calcetines porque los tiene húmedos, al no tener sus zapatillas gore-tex. A partir de ahí el camino se hace más pesado, parte por ser mayoritariamente una carretera un tanto peligrosa que se cruza varias veces con su correspondiente riesgo, y parte porque el dolor de pies vuelve a torturar a Inés. Además bajando un sendero, por fin sin carretera, nos encontramos con unas ortigas con muy mala leche que se ceban con las piernas de Inés (por ir en mallas cortas).
Cuando vemos un cartel que dice que el albergue está a 2 Km., como no nos fiamos nada de las mediciones asturianas, paramos a descansar y a comer unos bocadillos de lomo con queso. Tardan mucho en servirnos, y parecen un poco bordes, pero el bocadillo está riquísimo. Cuando terminamos seguimos al albergue con la duda de si encontraremos cama, ya que aunque sólo hemos visto dos peregrinos por delante, no sabemos los que habrán llegado en transporte público. Pero tenemos suerte, y cuando llegamos, tras 9 horas y 10 minutos, y 676 metros de desnivel, hay sitio de sobra en el albergue.
Dejamos las cosas y subimos a sellar a una casa azul, y hablamos con la señora que nos sella un buen rato. En la entrada tiene una foto preciosa y antigua, y nos cuenta que es su abuelo y su madre. También sale ella muy elegante con tacones y collar de perlas. Le digo que es muy guapa y se pone presumida, ¡qué mona! Volvemos al albergue, nos duchamos, lavamos y tendemos la ropa, Inés se echa un rato a leer –descubro una ampolla en el dedo anular del pie izquierdo y me lo vendo con tirita de ampollas- y yo me quedo actualizando el diario. Vamos a comprar algo para el desayuno de mañana y después nos damos una vuelta por el pueblo. Nos cruzamos con el profesor que estaba al llegar al albergue, y también en Soto de Luiña. Tiene los pies destrozados por las ampollas y nos cuenta entre lágrimas que abandona, ¡qué pena me da! Le proponemos venirse a tomar algo de despedida, y medio llorando nos dice que no, que se va a acostar ya. De camino al pueblo Inés me da una lección de patinaje, ya que se ha puesto vaselina en los pies y le resbalan las chanclas, lo que hace que le cueste andar bastante, y la estampa es muy graciosa. Vemos a un vendedor de cupones de la ONCE y le compramos un cupón para el sorteo del 15 de agosto: 24066. Llegamos al único sitio donde dan comidas, y resulta que no sirven raciones hasta las ocho y media, y son las siete y media, así que nos pedimos unas cervezas y nos sentamos a escribir el diario.
Inés dice que está un poco decepcionada consigo misma porque no está aguantando como quisiera, pero con este dolor de pies que tiene está portándose de maravilla haciendo estas etapas tan duras como una campeona. ¡Luis es un pelota! Como le digo que no ponga sólo que estoy cansada, malhumorada y que le llevo la contraria… ahora coge y escribe que soy una campeona.
Llegamos al albergue a las diez menos cuarto, nos acostamos, y como a las diez y cuarto hay un grupo en la puerta aún de charlita y risas, les digo que si pueden hablar más bajo, y ya aprovecha la mayoría para acostarse también. Cuando me vuelvo a acostar, se me rompe una lámina del somier, y a media noche, intentando abrir la cremallera del saco, porque hace bastante calor, se me descose un trozo, bonita forma de terminar el día.
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