martes, 1 de septiembre de 2009

CAMINO DE SANTIAGO 2009. DÍA 4: GIJÓN - AVILÉS


10 de agosto de 2009

Nos levantamos a las 5, para variar, y tras vestirnos y untarnos bien de vaselina los pies, vamos a coger el autobús que nos dejará a la salida de Gijón, donde retomaremos el Camino. Hay dos posibles rutas, una por la costa y otra por el interior; nos parece buena idea tomar la de la costa, pero donde nos deja el autobús paramos a comprar algo para desayunar en una tienda y nos dicen que por la costa hay 12 Km. más, por lo que decidimos ir por el del interior.

La salida de Gijón es muy confusa (eso no es nada nuevo) y a ratos peligrosa, por una carretera sin apenas visibilidad y con muy poco arcén, pero al final llegamos a una zona sin apenas circulación, en parte porque la carretera está cortada por las obras, y nos lleva a una una urbanización. En una de las casas de la urbanización hay una cesta con limones para los peregrinos. Cojo uno y dejo una nota de agradecimiento. También hay un cartel de una pareja de novios que conocimos en Gijón (unos amigos suyos están haciendo el Camino delante de ellos y poniendo carteles de la pareja por todos los sitios) e Inés deja otra nota. Por esta urbanización los caracoles son muy torpes y no se saben quitar del camino, así que sin quererlo piso un caracol cuando estoy caminando, y lo malo es que cuando me acerco a la valla donde están los limones, aplasto otros dos más… :-(

Llegamos a un sendero flanqueado por eucaliptos, muy bonito, y al rato deja paso a otro sendero con campos de hierba baja a los lados, que seguimos usando la intuición en algunas ocasiones, porque está muy mal señalizado y con bastantes derivaciones. En una de éstas hemos debido de usar mal la intuición, porque dejamos de ver señales y terminamos en una carretera sin saber hacia donde dirigirnos. Preguntamos en una casa (menos mal que por lo menos hay casas) y nos dicen que nos hemos desviado (eso ya lo habíamos supuesto) y tenemos que subir 3 Km. para reencontrarnos con el Camino. Maldigo al que ha puesto las flechas, o más bien al que no las ha puesto, pero esos son cosas del Camino, a veces uno se pierde y hay que retomarlo con serenidad y buen humor (cosa que en principio yo no hago). Afortunadamente no es tanto (debe ser la única vez que cuando nos dicen una distancia la realidad es menor que lo que nos indican), y al rato nos volvemos a encontrar con las indicaciones del Camino. Seguimos por la senda cruzándonos con babosas y otros insectos (pero ya sin pisarlos), y cuando termina, nos encontramos con una carretera en ocasiones peligrosa por los cruces, y con fábricas en su costado derecho, con grandes grúas que transportan vigas. Cuando estamos hartos de esa carretera, ya muy cerca de Avilés, vemos un autocar urbano a lo lejos, que nos da la idea de terminar la etapa en ese autobús. ¿Corremos? Ufff, da la vuelta y lo tenemos muy cerca, pero no hacemos ni amago de correr. Miramos los horarios y tenemos media hora para tomar algo en un bar que está muy cerca de la parada. Tomamos una cerveza (Luis) y un Nestea (yo). La mujer del bar nos cuenta el accidente de un amigo suyo que murió en la “Ruta del Cares”. Mientras, intentamos descansar los pies.

Aparece una pareja de alemanes de unos 60 años (él en chanclas y calcetines) y llevan un diccionario. Tras consultarlo, él comenta: “He visto chatarra”, refiriéndose a la fábrica que vimos con las grúas y las vigas, que construían a partir de chatarra. Estamos un rato hablando con ellos y nos despedimos para coger el autobús, que nos deja “cerca” del albergue… por aquí todo está “cerca”.

Una vez en al albergue “San José” nos recibe y nos regala una conche a cada uno, que elegimos entre muchas que lleva en una bolsa de plástico. Conseguimos dos camas juntas, pero huele muy muy mal. Aún así, después de la ducha y la comida nos echamos una siesta larga.


Lavamos y tendemos la ropa en un tendedero que hay fuera, aunque a la sombra. Cuando vamos a comer nos encontramos con “San José”, que es el hospitalero y se llama José María, y además es el presidente de la Asociación de amigos del camino de Avilés. Le preguntamos dónde podemos comer algo, y nos da dos opciones. Elegimos la más barata, pero según dice él un poco más basta, y nos acompaña. Nos tomamos unos ribeiros con él, y cogemos la tapa con “morro” de la barra (así es como se hace, según nos dice José María). Comemos el menú, que consta de melón con jamón (Inés) y paella (yo) de primero y pollo al ajillo (los dos) de segundo, muy rico, y luego un orujo de hierbas (Inés) y un “ron miel” (yo), que se debe haber dejado la miel en el avión de Canarias, porque cuando me enseñan la botella, es ron puro.

Tras la siesta (menuda siesta después del ron) vamos a ver la playa de Salinas como nos habían recomendado en Oviedo, que es muy bonita y tiene en su extremo occidental un lugar rocoso donde rompe el mar y hay una estatua de Philippe Cousteau. Para ir hay que coger el autobús, que tiene parada en la estación. Inés dice que en la estación de autobuses y yo que en la del tren. Preguntamos, y nos dicen otra parada que es el inicio de línea, e Inés se enfada porque propone un sitio que ha entendido y yo me dirijo a otro, y por ello piensa que no la hago caso. Cogemos el autobús medio mosqueados y llegamos a la playa, que realmente es bien bonita. Vamos a ver el Museo de las Anclas, que está al final de la playa, donde está la estatua de Philippe Cousteau, estamos un rato escribiendo, nos hacemos fotos, ya superado el mosqueo, y nos volvemos. Paramos en la estación, y resulta que están juntas ambas estaciones (la del tren y la de autobuses). Miramos horarios para mañana descansar los pies y coger el tren hasta Cudillero y de ahí un autobús hasta Solo de Luiña.

Cenamos en un bar de la estación, que tienen vermut de solera y percebes a 7 euros la ración, y también pedimos calamares a la romana. Después vamos andando al albergue, que se llama Pedro Solís (recibe este nombre en honor a al fundador del antiguo hospital y albergue de peregrinos de Avilés) y nos acostamos.

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