lunes, 9 de junio de 2008

El Muchacho y su Princesa


Este sábado en las fiestas de un barrio de Barcelona, la orquesta tocó el tema que aparece en el vídeo del final, y aun reconociendo que dicho vídeo es un poquito hortera, la nostalgia me invadió por momentos, y me hizo recordar un cuento que escribí hace diez años, pero que de vez en cuando vuelve a torturarme.

Quizás la letra de la canción, sea esa segunda parte que, lleno de lágrimas, nunca escribí...

EL MUCHACHO Y SU PRINCESA
A María


Existía una vez, existe actualmente y existirá siempre alguno como él, un muchacho que hacía la vida normal de cualquier muchacho de su edad. No importa su edad; si estudiaba o trabajaba, o si estaba en el paro; tampoco si era rico o pobre, o de la clase media; sólo importa lo que a continuación leeréis (y a lo mejor ni eso).

Este muchacho, preocupado por el mundo que le rodeaba y las injusticias que en él se cometen, colaboraba en algunas asociaciones de cooperación, y sobre todo en la Plataforma 0’7 (ya de paso hago publicidad). Allí, preparando una actividad típica, conoció a una princesa. ¿Cómo es posible que una princesa se pase por un sitio de esos?, os preguntaréis. Lo que ocurre es que esta princesa no era una princesa de las que estamos habituados a conocer; no era hija de reyes, ni siquiera su familia era de la nobleza; era princesa solamente para nuestro protagonista, y para eso no hacía falta tener familia noble, sino el alma noble, pero no de la nobleza real, sino de la nobleza verdadera. Para él llegó a ser “La Princesa de las Estrellas”.

Como suele ocurrir en estos casos, al principio no sintió nada especial por ella, tan solo simpatía. Con los adelantos de la técnica, empezaron a escribirse, y a conocerse mejor. Algunos conciertos y excusas similares les ayudaron a congeniar y a convertirse en buenos amigos, por lo que en las vacaciones se vieron varias veces y compartieron un montón de bellas experiencias.

Pero llega un momento en que los sentimientos se confunden, y el amor aparece en los instantes más insospechados. Nuestro amigo empezó a darse cuenta de que cada vez estaba más a gusto con su princesa (que fue por entonces cuando se convirtió en “La Princesa de las Estrellas”), y prefería estar con ella a hacer otras cosas que antes de conocerla había considerado como muy importantes. Ese es el momento en el que llega el miedo a dar un paso más en la relación, y la duda empezó a hacer estragos en él, que descubrió unos nuevos habitantes en su mente: el yo optimista, el yo pesimista, el yo arriesgado, el yo cobarde, etc., todos ellos moderados por el yo ecuánime, al que nadie hacía caso.

Durante esos días, el tiempo se dividió en dos: los ratos que estaba con ella y los ratos que estaba pensando en ella.

Con ella todo era felicidad, había descubierto que tenían muchas cosas en común, y para él encajaban perfectamente sus maneras de ver la vida, como si hubiera estado buscando toda su vida una persona así, y ahora la hubiera encontrado. No importaba si ella era fea o guapa (por cierto, era guapísima), y muchas de las cosas que él creía que tenía claras acerca de las relaciones hombre-mujer, cambiaron por completo en su interior. Era como si ella estuviese rodeada de un halo de luz y fuego al que no se podía acceder físicamente sin riesgo a quemarse, pero que una vez dentro de su alma, cuando las dos mentes entraban en contacto (o al menos así le parecía), todo brillaba alrededor. Así, entre el beso de saludo y el de despedida, rara vez se atrevía a siquiera rozarla una mano, aunque por dentro estuviese deseando abrazarla mil veces. Acompañarla a casa, y regresar a la suya, ya lloviera, hiciera frío o viento, flotando en la nube que había construido el amor que sentía por ella, eran los últimos placeres del día en que se veían.

Cuando no se veían, ella permanecía presente en su pensamiento. No era raro despertarse por la noche pensando en ella, o sorprenderse en alguna reunión escribiendo su nombre dentro de un corazón. La satisfacción de su compañía se extendía a todas las horas, pero sus distintos enanillos, los que antes llamamos “yos”, le hacían dudar de lo que ella podría sentir por él. Por supuesto el yo optimista le decía que ella estaba profundamente enamorada, el pesimista que sólo era amistad, el arriesgado que a qué esperaba para declararle su amor, y el cobarde que ni se le ocurriera, que era una locura y que podía perder la bonita amistad que tenían. El yo ecuánime se limitaba a escuchar a sus congéneres y a callar, pues sabía que en esos momentos lo que menos le hacía falta a nuestro protagonista eran consejos.

Él, ya seguro a su pesar de que se había enamorado de verdad, que nunca se había sentido así, y harto de la lucha de sus enanillos, se decidió un día confesar a su princesa lo que sentía por ella. Si ella le correspondía, todo sería perfecto; si no, por lo menos dejaría de pensar en ella a todas horas (o eso se pensó). El nuevo problema era cómo se lo diría, y cuál era el momento más adecuado.

El siguiente día que quedaron, para ir al cine, no encontró el momento oportuno, y se le ocurrió esperar a estar los dos en su portal para decírselo, así podría huir con su timidez tras pasar el mal trago. Pero se encontraron con unos amigos, y le arruinaron el plan.

Hubo de esperar diez días para volver a verla, pues los exámenes ocuparon el tiempo, y esa noche, al acompañarla a casa, decidió lanzarse al abismo más grande que nunca había conocido. Se colocó enfrente de ella, y mirando sus preciosos ojos, la dijo:

- Te voy a contar una historia muy bonita, ¿quieres? Ella respondió afirmativamente, pues le encantaban los cuentos y las historias bellas, y él empezó:

- “Existía una vez, existe actualmente y existirá siempre alguno como él..."


Epílogo. Este cuento tiene una segunda parte, escrita entre lágrimas, que quizás algún día sea capaz de transcribirla... pero hoy no.



2 comentarios:

HADA BLANCA dijo...

"Es la ley de la vida que cada vez que se nos cierra una puerta se nos abre otra. Lo malo es que con frecuencia miramos con demasiado ahínco hacia el pasado y añoramos la puerta cerrada con tanto afán que no vemos la que acaba de abrirse..."

un besete luis
Sonia

Anónimo dijo...

querido Luis...
que lindo conto..como tu és sensible..que suerte terá a mujer que se quedar a tu lado. Espero que tenhas mucha sorte...mereces toda a felicidade, cariño e respecto.

besitos
Claudia