A veces nuestro pasado y nuestro futuro entran en lucha, y siempre la ventaja la tiene el pasado. Porque sea mejor o peor, es algo que hemos experimentado (hacemos caso al refrán: "Más vale malo conocido que bueno por conocer", refrán que ha debido hacer mucho daño a mucha gente). El futuro siempre es incierto, no sabemos con certeza lo que nos va a pasar mañana. Podemos tener una idea, pero la seguridad nunca. Y más cuando ese mañana va a tener un cambio más o menos radical. Ahí entran los miedos, las dudas... ¿será mejor que el pasado o tropezaré en la misma piedra, o en otra peor?
Y es que el pasado crea hábitos, costumbres, que son difíciles de modificar; cuanto más tiempo hemos estado implicados en una experiencia, más nos cuesta desprendernos de ella, aunque todo nos esté diciendo que lo que tenemos no nos vale. Aunque el pasado no nos haga felices, por lo menos nos hemos acostumbrado a él y tenemos una cierta seguridad, seguridad que el futuro no nos ofrece. Por eso cuesta tanto romper ciertos hilos que nos unen al pasado, porque nos parece que si los rompemos caeremos en el vacío que nos ofrece el futuro.
No podemos culpar a nadie por aferrarse al pasado, sobre todo si tiene cargas emocionales o la posibilidad de “daños colaterales”. Al miedo al futuro se unen una serie de parámetros que hacen que la dificultad para modificar la insatisfacción que tenemos crezca exponencialmente. Y hay que ser muy valiente, o muy loco, para en esas condiciones dar el paso de romper con la comodidad conocida, aunque ésta no nos haga felices.... o no del todo.
En el momento en que estoy escribiendo esto, he mirado por la ventana buscando inspiración y he visto una bandada de aves (¿gaviotas quizás?) volando en formación hacia lo desconocido. ¿Qué tendrá en mente un ave cuando deja el lugar donde está para hacer cientos o miles de kilómetros hasta un lugar totalmente distinto?, ¿le entrará el miedo en el momento de levantar el vuelo?, ¿qué pasaría si se quedara en vez de empezar la dura migración, sabiendo que puede no llegar a ninguna parte? Posiblemente le aguardaría la muerte segura, bien por falta de alimentos, bien presa de cualquier depredador.
Pienso también en los imigrantes que recorren miles de kilómetros, durante varios años, hasta que llegan a la “tierra prometida”. ¿Salieron con alguna seguridad en su mente?, ¿confían realmente en que en el nuevo mundo su vida va a ser mucho mejor?, ¿tienen la certeza de que van a llegar a alguna parte? Pero, ¿qué futuro les espera si se quedan en su país? Hambre, insalubridad, falta de recursos...
O en las parejas enquistadas durante meses o años, que no se atreven a dar el paso por miedo a que los hijos resulten dañados, cuando los niños lo captan todo y seguramente ya estén siendo dañados con tanta discusión. O el miedo a hacer daño a la pareja al romper la relación, cuando ya la estás haciendo daño si ve que no le puedes dar lo que desea, ¿hasta cuándo merece la pena prolongar su agonía?
Y qué decir de los viejos amores que nunca salen de nuestra mente, acomodados en la seguridad del corazón, al calor de un amor que enquista nuestro futuro porque pensamos que no encontraremos nada mejor, y por eso nos cerramos a nuevas experiencias. ¿A qué esperamos para limpiarnos las viejas telarañas y salir en busca de un nuevo horizonte?
A veces nuestro pasado y nuestro futuro entran en lucha... menos mal que siempre nos quedará el presente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario